sep 25 2010

Adelanto del libro Al Sur de la Utopía

Elogio del Metegol
 
En el año 1920, en un lugar en el que los franceses y alemanes no se ponen de acuerdo, ya que ambos se atribuyen el origen, un grupo de muchachos que no podían jugar al fútbol por cuestiones climáticas, construyó un juego de madera con una pequeña cancha simulada en una suerte de precaria maqueta; con varillas los jugadores fijos eran maniobrados por los usuarios, seguramente soñando que los estáticos muñecos algún día cobrarían vida propia y podrían hacer lo que ellos no podían, impedidos por las heladas latitudes y la lógica meteorológica boreal.
Prosperó la idea y el diseño, y hacia 1948 empresas alemanas comenzaron la producción del juego, esta vez, habilitado con fichas.
Según el interventor de Quilmes, y por un supuesto pedido de la sociedad, ese juego era nocivo, seguramente, porque parte del ritual tenía que ver con el encuentro social: algo que se buscaba evitar.
El 2 de setiembre del 78 la ordenanza 4.495, comprendida en las disposiciones del artículo primero de la ordenanza número 4.308[1], prohibía el funcionamiento de juegos mecánicos y electromecánicos: “se prohíbe el funcionamiento de los juegos denominados metegol y otros de similares características”. Se aducía en los fundamentos “la preservación de la salud moral y espiritual de los jóvenes”, argumentándose una figurada demanda de vecinos y entidades.
El régimen militar pudo bien, llevar a cabo una cantidad de aberraciones en nombre del orden, matizadas y difundidas con rimbombantes discursos que hablaban de república y libertad, en una suerte de paroxismo del absurdo generado desde un gobierno ilegítimo que decía que nadie más que ellos estaban capacitados para administrar los destinos de millones.
Algunos miembros del gobierno bien pudieron hacer desaparecer, torturar y robar en nombre de la reconstrucción nacional; mientras en la ciudad no se podía hablar de política, había enfermedades cuasi epidémicos, faltaba el agua, las calles estaban rotas, no había comunicación entre la Comuna y la gente, ni trabajo, ni futuro.
Diez iluminados explicaban como sería el devenir, y el plan económico lograba que los capitales, como los sueños de muchos se marcharan.
Sin lugar a dudas, un gran cambio se estaba llevando a cabo, por el cual cumpliríamos los designios nacionales de acuerdo al espíritu movilizador imperante dentro del occidente católico. Y claro, no podía faltar la moral, siempre presente, que como una cáscara vacía, se iba tornando fatua a la luz de quienes la declamaban.
Como parte de ese plan maestro, que no era tan maestro, salvo para siniestros entenderes, y mientras se esperaban los supuestos resultados que nunca se darían, los vecinos de la ciudad no se podían reunir para jugar al metegol, eso atentaba contra nuestro destino manifiesto.

Jorge Márquez
[1] La ordenanza 4308 de 23 de julio de 1976, firmada por el interventor Monti, prohibía el funcionamiento de juegos mecánicos y electromecánicos, ya sean de azar o de habilidad y destreza, cualquiera fuera su tipo denominación y características.


sep 25 2010

Adelanto del libro Al Sur de la Utopía

Paredones que gritan

Durante los años cincuenta, no sólo había aumentado exponencialmente la demanda de trabajo, sino que se había puesto en marcha una inédita y revolucionaria experiencia, en la que se había buscado conjugar el crecimiento económico con el aumento de los ingresos de los trabajadores[1]. Por eso, no será extraño que muchos de los beneficiarios de aquellas medidas hicieron del retorno de Perón el motivo fundamental de su búsqueda.
En la visión de Marta Rodríguez[2], “no se puede entender lo que fue la Resistencia Peronista, si no se vuelve un poquito la mirada hacia atrás y se entiende que en La Argentina, hubo dos etapas. La Argentina antes de Perón y la Argentina después de Perón… la de antes, era una Argentina de opresión, de vergüenza de dominio, de oprobio, donde el capitalismo y las clases poderosas oprimían a los débiles, que no tenían ni dignidad ni lo que hoy serían los derechos humanos…en ese contexto, aparece en la escena política, un hombre que empieza a hablar otro idioma, de la justicia social, de la distribución del capital en forma equitativa, de que hay una manera de gobernar donde el capitalismo está al servicio del pueblo… cuando a vos te despojaron, te arrancaron de esa nueva Argentina, vos no te vas a quedar quieto…”
En esa línea de argumentación, la llamada Revolución Libertadora, vendría a dar por tierra con aquellos cambios, y muchos de sus beneficiarios no sólo no olvidarían sino que comenzarían a involucrarse en temas que antes ignoraban.
Posiblemente la crueldad de algunas de las medidas gubernamentales haya potenciado la rebeldía de muchos, incluso de quienes nunca habían llevado adelante actividades políticas y que, ahora -asentados fundamentalmente en los grandes centros urbanos-, contribuirían a socavar el régimen militar como pudieran.
Cabe destacar, complementariamente, que en este contexto, las persecuciones contra muchos dirigentes gremiales lograron, más allá de una natural renovación de las dirigencias[3], ahondar el conflicto en términos clasistas. Consecuentemente, muchos gremialistas de segunda y tercera línea pasaron a cumplir un rol preponderante, produciéndose así, un trasvasamiento generacional de hecho.
Los militantes, en su tarea, recurrieron a una amplia y diversa gama de acciones, que incluyó desde la distribución de panfletos[4], hasta la detonación de explosivos caseros de baja capacidad destructiva[5], inicialmente mencionados en la prensa como “petardos”, sin perjuicio de que con el tiempo, se avanzara en la búsqueda de mejores elementos que permitieran perfeccionar el combate urbano.
La producción de los explosivos se fue sofisticando, y la utilización de la gelinita en velas, y otros componentes más potentes, permitió reforzar el poder de destrucción. Así mismo, la evolución se extenderá a otro tipo de armas: en    Lanús, una pequeña fábrica de ametralladoras demostraba la voluntad y búsqueda de la continuación de la lucha como salvaguarda de la doctrina sin fecha de vencimiento.
Con respecto a las pintadas, inicialmente, sobre la cruz dibujada en la V[6] – sinónimo de Cristo Vive-, los militantes peronistas dibujaron la P.
La conjunción de las letras, indudable e inequívoca señal, salpicaron espacios disímiles, paredones, ochavas, y hasta a algunos personajes de la historia argentina. Testigo de ésta avanzada resultó la figura del mismísimo Sarmiento, cuyo busto, ubicado en la plaza bautizada con su mismo nombre en Bernal, quedó con la marca de las letras que, por años, sintetizaron el testimonio de la rebeldía. Las fotografías que el diario El Sol, exhibió en octubre del 57, aportan la prueba conveniente de la osadía militante[7].Así mismo, sobre las pintadas iniciales de carbón y tiza, algunos innovadores aplicaron alquitrán, de difícil blanqueo posterior. En la calle Sarratea, muchos recuerdan una inscripción hecha con ese material que logró sobrevivir a los gobiernos militares. Su persistencia y perseverancia supuso un mudo testimonio de lucha, más inmóvil que los convencimientos de algunos dirigentes que acumularon poder con el tiempo.
La inscripción perduró hasta que la pared fue derrumbada, allá por los noventa, como un símbolo elemental y primitivo de la década, a mazazo puro.

Jorge Márquez
 
[1] Estudios de Historia Económica Argentina. Desde Mediados del Siglo XX a la actualidad. Eduardo Basualdo, Siglo Veintiuno Editores, Buenos Aires 2006. Véase también Ricardo Sidicaro, Los Tres Peronismos, Estado y Poder Económico, Siglo Veintiuno Editores Argentina, Buenos Aires 2003.
[2] Hija de Justo Rodríguez, uno de los fundadores del Comando L113 e intendente electo en 1962 de Berazategui, quién no pudo asumir por la intervención militar.[3] Sidicaro, Ibidem.
[4] La producción de panfletos implicaba, en esos días, un acto totalmente trabajoso y artesanal.
[5] Entre las acciones directas de la Resistencia, una de las más frecuentes, fue la de “poner caño”,  un explosivo casero hecho en caños de luz, cuya producción y colocación implicaba grandes riesgos.
[6] En el final del gobierno peronista, y durante la dictadura, los militantes católicos pintaban la V y la Cruz. Algunos de los aviones que bombardearon la plaza en el 55, contaban con dicha inscripción.[7] Diario El Sol, 11 de octubre del 57.


sep 14 2010

Tapa de Al Sur de la Utopía


sep 13 2010

Avisale a la vieja que llego tarde

  

Este es el cuento que escribí y con el que gané el “I Concurso de Cuentos sobre Fútbol, otras Disciplinas Deportivas, y Derechos Humanos” organizado por el Instituto de Derechos Humanos de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata.